
David Sedaris: Un vestido de domingo
Noviembre 21, 2007‘La parte buena de ser un obsesivo compulsivo es que siempre llegas puntual al trabajo. La mala es que siempre llegas puntual a todo. Lavar la taza de café, darte un baño, llevar la ropa a la lavandería: tus idas y venidas no tienen el menor misterio, no hay lugar para la espontaneidad. Durante esta época de mi vida iba al IHOP todas las tardes, montándome en la bici exactamente a las siete en punto y regresando exactamente a las nueve. Nunca comía allí, solo bebía café, sentado en la misma dirección y en el mismo rincón y leyendo algún libro de la biblioteca durante una hora exactamente. Después me dirigía al colmado. Iba aunque no necesitara nada, porque a eso tenía destinado ese tiempo en concreto. Si no había mucha cola, volvía en bici por el camino más largo o daba unas cuentas vueltas a la manzana, incapaz de llegar antes, ya que esos cinco o diez minutos no estaban destinados a ser pasados en el apartamento.
-¿Que pasaría si llegaras diez minutos tarde? -preguntó Brandi.
Mi madre a menudo me había hecho la misma pregunta, todo el mundo me la había hecho alguna vez: ¿Crees que el
mundo dejaría de girar si cruzaras esa puerta a las nueve y cuatro minutos?.
Lo decían en broma, pero la respuesta era que sí, eso es exactamente lo que creía que iba a pasar. El mundo se caería en pedazos.’